Ahora que acaba de finalizar la JMJ, me gustaría hacer una reflexión antes de que pasen los días y se enfríen las cosas en mi cabeza. He de reconocer que no veía yo muy claro este tipo de encuentros o jornadas, que no sabía bien que se pretendía con ellas y no las entendía. Me parecía, por qué no decirlo, algo "friki" sólo para radicales ultracatólicos y conservadores. Ni siquiera comprendía por qué se tenían que llevar los pasos de diferentes ciudades a Madrid. No me cuesta reconocerlo, pues es justo reconocer nuestros errores.
Tal vez por mi ignorancia no me interesé especialmente por "esto de la JMJ" hasta que no empecé a ver en los medios la repercusión que tenía. Y cuál fue mi sorpresa al empezar a ver cómo venían a nuestro país miles de jóvenes de todas partes del mundo con un mismo fin, con un mismo sentido, con unos mismos valores aunque fueran de diferentes culturas.
En una época en la que están de moda otras cosas muy alejadas del cristianismo, a mi me ha llenado de emoción y orgullo el ver a casi dos millones de personas gritando y proclamando su Fe en Cristo a los Cuatro Vientos, sin avergonzarse para nada de ser católicos, del Señor y de tener la Fe cómo pilar y base en sus vidas. Y me ha hecho reflexionar mucho, reconocer mis errores, arrepentirme e intentar aprender de ellos.
También es cierto que Benedicto XVI no "me inspiraba" esa confianza o cómo se le pueda llamar que tenía Juan Pablo II. Igual estoy siendo demasiado clara, pero necesitaba hacer esta reflexión. Tal vez los seres humanos tengamos la mala costumbre de comparar siempre todo, y Juan Pablo II era tan entrañable, tan bueno... que cualquiera me hubiera parecido peor. Quizás porque ha sido el Papa de mi infancia, de mi juventud, de casi toda mi vida. Y se que no he sido justa.
Pero esta JMJ que he seguido por tv cada minuto me ha hecho darme cuenta de muchas cosas, de muchos errores, y me ha hecho ver a un Papa mucho más cercano de lo que yo creía, más humano y también, cómo Juan Pablo II, más entrañable. Me ha gustado mucho verle sonreir, ver su cara de felicidad al ver a los casi dos millones de jóvenes aclamándole, debe ser indescriptible lo que ha sentido. Me han gustado sus gestos de complicidad, su cercanía con todos, ya fueran jóvenes, religiosos y religiosas (destacable el encuentro con Sor Teresita) discapacitados, y también con mis queridos Reyes de España, los mejores anfitriones que puede tener un país.
Me he emocionado en varias ocasiones al ver la felicidad que irradiaba la cara de miles de personas. Me parecen admirables los que han aguantado horas y horas bajo un sol de justicia sin importarles el cansancio, el calor, la sed... Me ha encogido el corazón ver a un hombre de 84 años, arrodillado durante minutos ante el Señor. Porque en ese momento, cómo Jesús, se hizo más hombre que nunca.
Y es que nuestra Fe católica es tan grande que ha movido no sólo montañas, si no continentes y océanos enteros para congregar a todos en la que durante unos días ha sido la capital mundial del cristianismo. Ahora, más que nunca tenemos que sentirnos orgullosos de ser cristianos, de vivir nuestra Fe, de seguir a Dios.
Para mi la JMJ no se resume en 15 pasos por las calles madrileñas. Eso sólo fue un acto más. Para mi, la JMJ ha sido el ambiente que se ha vivido allí y que ha llegado de una forma u otra a todos nuestros hogares, ha sido la cara de felicidad de miles de personas, ha sido la sonrisa de Benedicto cuando una tormenta le volaba el solideo y los jóvenes no paraban de cantar y aclamarle. Ha sido ver las calles de todas las ciudades españolas recorridas durante días previos por la cultura universal, ha sido ver cómo precisamente culturas completamente diferentes se unen en la misma Fe. Ha sido escuchar las voces emocionadas de mis amigos Lalo y José Luis, ha sido la ilusión de Fran enseñándonos su mochila... Y por supuesto ha sido ver cómo dos millones de personas se arrodillan y guardan silencio cuando el Señor se hace presente.
Tal vez me he sincerado demasiado, tal vez haya quién piense que he soltado un sermón y que no viene a cuento. Pero necesitaba hacer esta reflexión que llevaba dentro. Reconozco mis errores, mis fallos y cómo he dicho, espero aprender de ellos. Nunca me he avergonzado de mi Fe y nunca lo haré, pero si intentaré hacerla más fuerte cada día.
Gracias a los que os habéis dejado la piel organizando todo esto. Ha sido impresionante la capacidad logística que se puede mover en un evento así. Ha sido una auténtica aventura en la que habéis transmitido vuestra alegría a todo el mundo. Y gracias por darnos a todos una lección de humildad, por ser un ejemplo.
Ahora es momento de seguir las palabras del Santo Padre: "No os avergoncéis del Señor" Tenemos que proclamarlo más que nunca, no esconderlo, llevarlo orgullosos siempre en nuestras vidas, igual que orgullosos nos vestimos nuestras túnicas nazarenas los cofrades.
Tus acciones te definen...