jueves, 6 de octubre de 2011

La inocencia



Los bebés, seres pequeñitos recién llegados a la vida, están cargados de inocencia. Sonríen porque les sale de dentro, y lloran porque lo necesitan. No entienden de daño, ni de maldad. Son capaces, aún sin saber hablar, de decirte todo con una tierna mirada, con una sonrisa. Se aferran a nosotros fuerte, y todo les sorprende, todo les llama a la curiosidad.

Las personas adultas, somos tan diferentes... Encontramos la maldad escondida en los más inhóspitos rincones, allá dónde no esperábamos. La inocencia de algunos tal vez se quedó atrás, cuando se dan los primeros pasos sobre suelo firme, cuando eres capaz de sujetarte por ti mismo. Me hace gracia cuando un bebé comienza a dar sus primeros pasos, casi tambaleándose, con la sensación de que se va a caer en cualquier momento, pero él sólo quiere avanzar, caminar. Cuando crecemos, a veces nos olvidamos de esa mano que nos enseñó a caminar. Y nos caemos una y otra vez, cómo cuando éramos pequeños. 

La vida está cargada de sorpresas, unas veces, no las esperas por malas, otras, por buenas. En ella encontramos personajes de todo tipo. Una vez, escribía una carta a unas personitas a las que quiero mucho, explicándoles que la vida era cómo subirse a un tren. No sabemos cuando ni cómo acabará el viaje, pero vamos parando en cada estación. Todos tenemos un vagón asignado, y en él se van subiendo viajeros en cada estación. Unas veces, es para quedarse a nuestro lado y formar parte de nuestro viaje siempre. Otras, se bajan en alguna estación, tal vez porque no eran idóneos por estar a tu lado, o porque han preferido subirse a otro tren, elegir otro vagón y otros compañeros de viaje.

La inocencia de los bebés hace que tengan ese brillo especial en los ojos, en que todo les haga ilusión y sean capaces de sonreír por la cosa más sencilla del mundo. A veces todos nos sentimos un poco bebés, cuando se enciende de nuevo ese brillo en nuestros ojos y volvemos a tener ilusión por algo. Otras, la magia se rompe, y las miradas brillan, pero esta vez, perdidas en el horizonte infinito, sin rumbo fijo, pensando tal vez, en quién se sentará a nuestro lado en la próxima estación en la que pare nuestro tren. Lo peor es cuando en tu vagón, por extrañas circunstancias que no llego a comprender, se sientan personas que poco o nada tienen que ver en él. Te las encuentras allí, y ves que hace tiempo que perdieron la maleta de la inocencia. Ahora llevan una más grande, cargada de rencores, de envidias, de falsedades... 

Es inverosímil, pero están ahí. Tal vez porque en el tren "caben todos" o tal vez porque no llegó antes otro tren dónde subirse y cogieron el primero que paró ante ellas. No les gustan los trenes, ni siquiera viajar. Pero están ahí porque... Ni yo lo sé. Porque no tenían nada mejor que hacer, tal vez. Con el tiempo, ellas mismas se dan cuenta de que ese no es su sitio.

Los bebés comienzan el viaje con una maleta cargada sobretodo, de mucha ILUSIÓN. Son la nueva esperanza de cada tren, el reflejo puro de la INOCENCIA. Luchemos para que nada ni nadie les quite jamás estos dones, para que nunca sepan el significado de la palabra maldad, para que nunca sepan de sufrimiento... Porque nos traen con cada sonrisa, un trocito de PARAÍSO.

2 comentarios:

Perchelero dijo...

Siempre habrá personajes que los haga perder esa bendita inocencia, porque siempre habrá alguien que no pueda soportar el que nada ni nadie pase por delante de él...
Preciosa reflexión, cargada de verdad y de muchas sensaciones.
Saludos

La_Crivi dijo...

Tienes razón. El problema es que hay quién no sabe cuál es su sitio y se coloca en cualquiera cómo se podría haber colocado en otro. Yo creo que la gente que vive cargada de envidias y rencores, no podrá ser feliz nunca.
En el fondo, me dan pena.
Un abrazo.